En el Museo Arqueológico

[Escribe Lucía]

Pues sí, mientras los demás se rendían al cansancio, al frío y al hambre, algunos intrépidos osamos dar un empujoncito más y acudir al Museo Arqueológico, aprovechando que

1 – estábamos al lado

2 – íbamos acompañados de tres estudiantes de historia (qué mejor compañía para un museo arqueológico?)

3 – los folletos anunciaban la presencia del Sarcófago de Alejandro Magno.

El Museo Arqueológico se compone de varios edificios en torno a un patio central en el que hay antiguas columnas dispersas. Entramos al primer pabellón a contemplar piezas del antiguo egipcio y, cómo no, de Bizancio. Me emociono cuando me doy cuenta de que Alba, Bea y Patri hacen comentarios sabios sobre los dioses egipcios y las momias.

Pasamos a otro edificio y avanzamos de sala en sala viendo arte clásico. Un puñado (un puñado muy grande) de esculturas y frisos, etc. Al final, cuando tenemos que sentarnos de vez en cuando porque nos duelen las rodillas, los pies, la espalda y el estómago (este último de hambre), llegamos finalmente al Sarcófago de Alejandro Magno. Lo admiramos con emoción renovada, dando palmas de ilusión, haciendo fotos y peleando con el flash y con el cristal que nos impide ver en detalle. Adoramos al sarcófago durante un rato más, rindiendo honor al espíritu de nuestro Grandísimo ídolo Griego, hasta que, leyendo con atención los carteles informativos, descubrimos que el nombre del sarcófago se de debe a una figurita tallada que representa las victorias de Alejandro Magno.

Decepcionados al saber que se trata, en realidad, del sarcófago de un tal Mazaeus (aunque otros historiadores creen que es de Abdalonymus), nos dejamos caer rendidos y apagados sobre los bancos del museo. Si alguien tiene interés por saber la verdadera historia del Sarcófago este, hay un artículo en Wikipedia (está en inglés). No hace falta decir que la tumba de Alejandro Magno nunca se ha encontrado en realidad.

Después de este misfortunio, decidimos volver con los demás a introducir algunas vitaminas en nuestros cuerpos desvanecidos por la depresión. Bueno, vale, no era para tanto. Pero sí que fue un golpe duro.

(Cierra esta pestaña para volver al fantástico relato de Luli)

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